Historia y Cultura

Conjeturas sobre el matemático
Esperanza Pamplona

Me intriga mucho el tal Grigory Perelman. Ese ruso de ojos alucinantes, de remate alopécico y, no obstante, con melena, que ha resuelto un problema matemático que permaneció sin solución durante más de un siglo: la Conjetura Poincaré. Tiene 40 años y ha renunciado a premios millonarios y a todo tipo de reconocimientos, incluso a publicar sus descubrimientos en las publicaciones al uso para esto. En su lugar, ha preferido regalar al mundo sus teorías colgándolas en Internet, sin más, de modo que puedan juzgarlas los estudiantes, los profanos y los eruditos a la par.

El mundo de las matemáticas alucinó en 2002 al saber de su trabajo sobre el problema enunciado por el matemático Jules Henri Poincaré en 1904. La conjetura, un galimatías de difícil digestión para los profanos, ha sido un desafío desde entonces para las mentes más brillantes del siglo pasado. Parece ser que la solución de ese problema tiene aplicaciones muy útiles en la topografía. Resumiendo y simplificando, sin duda demasiado, viene a decir que lo que no tiene agujero es una esfera, sea ésta una pirámide o una bola, y a partir de ahí se desarrollan una serie de posibilidades en distintas dimensiones. Faltaba por resolver la teoría en tres dimensiones, y ahí entró Perelman.

Lo cierto es que los matemáticos son señores muy tradicionales al parecer. De hecho, desde hace más de un siglo se reúnen puntualmente cada cuatro años para debatir sobre sus últimos descubrimientos. El Congreso Internacional de Matemáticos se celebra esta semana en Madrid y el número principal del evento es el debate sobre la solución que Perelman ha aplicado a la Conjetura Poincaré. En este foro se decidirá si Perelman aprueba o no. Y debe ser que sí, porque llevan cuatro años dándole vueltas a la solución sin que le hayan podido encontrar un pero. Además, Perelman se ha convertido en doble protagonista de este encuentro de mentes exactas al renunciar a la Medalla Fields, algo así como el Nobel de las Matemáticas.

Perelman ha dicho que no acepta el premio porque no se siente integrado en la comunidad matemática. También renunció al millón de dólares de premio que tenía la solución al enigma Poincaré. Y ha renunciado a su cátedra universitaria, y a múltiples ofertas de trabajo. De hecho, parece que vive con su madre y está en el paro. Aunque reconoce, eso sí, que la investigación sigue siendo su verdadera pasión. ¿Está loco o posee, quizá, una lucidez fuera de lo común? Ésa es ahora la conjetura Perelman: ¿puede corromperse la pasión por algo cuando intervienen recompensas y reconocimientos externos? ¿Olvidamos lo que nos hace realmente felices porque nos deslumbra
n las luces del camino? ¿Estamos ante un loco o ante un genio?

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